La tierra del mal muerto
Mari sabía que algo andaba mal con esa tierra. La maceta se la había regalado Dora, la vecina del segundo, y cuando la recibió, la planta seguía viva.
—No tiene pinta de estar muy viva esa planta —expuso Juan señalando la maceta de la galería—. Es la que te dio Dora, ¿no?
—Sí... está muerta —contestó Mari—. Es la segunda.
—¿La segunda qué?
—La segunda que planto y muere en la maceta.
Juan no contestó, se dedicó a juzgarla con una mirada irónica.
—Las otras están muy vivas… —intentó justificarse.
—A lo mejor te la plantó con la tierra del «mal muerto» —contestó Juan en un arrebato de lucidez.
—¿Qué es eso del «mal muerto»?
—¿No lo sabes?
—¿Saber qué?
—Lo de su marido.
—No. ¿Qué es?
—Su marido —aclaró Juan—, el «mal muerto» era su marido.
Mari no respondió, esperó a que Juan siguiera con el chisme.
—Lo empezaron a llamar así en todo el pueblo y alrededores después de su primer entierro.
—¿Es que acaso se puede tener más de uno?
—Jesús lo tuvo —y luego aclaró—, así se llamaba el marido de Dora.
—¿Lo enterraron vivo?
—Mi tío abuelo José, que trabajaba en el depósito municipal, aseguró muchas veces que estaba muy muerto.
—¿Y entonces?
—Yo siempre he creído que eran otros tiempos, que quizás padeciera de algo que le hiciera parecer muerto cuando no lo estaba.
—¿Cómo qué?
—No lo sé —se sinceró Juan—. Tío José decía que igual le dio una catalepsia o algo parecido.
—¿Y cómo se descubrió? ¿Cómo lograron salvarlo?
—Por los golpes. El ataúd ya estaba cerrado y colocado en el hoyo, solo había que cubrirlo cuando empezaron los golpes.
—¡Qué miedo!
—De pequeño, tío José nos contaba esta historia para asustarnos a mis primos y a mí.
—¿A quién se le ocurre contarle eso a unos niños?
—A tío José: estaba curado de espantos de trabajar en el depósito. Había visto de todo —aclaró.
—¿Y luego?
—¿Luego qué?
—¿Que qué pasó con él?
—Que lo desenterraron. Dora fue la primera en tirarse al hoyo: se torció el tobillo. Pero logró abrir el ataúd y abrazar a su marido.
—¿Y los demás?
—El cura y el sepulturero fueron los segundos en reaccionar, contaba tío José. Lo sacaron del ataúd e hicieron llamar al médico del pueblo de al lado para que lo examinara. Estaba vivo, en efecto, pero estaba muy débil. Murió un par de meses después.
—Pobre mujer, no lo sabía. ¡Qué disgusto!
—Eso no fue lo peor. Lo peor fue que lo llamaran el «mal muerto» medio en broma, medio en verdad, hasta que se murió por segunda vez.
—Pobre hombre… ¿Qué pasó la segunda vez?
—La señora Dora no se lo acababa de creer: hizo que el velatorio durara más de lo habitual.
—¿Cuánto?
—Casi una semana.
—Madre mía…
—El cuerpo empezaba ya no a oler, sino a descomponerse, se hinchó por el calor de la estancia y las velas… cosa mala.
Mari permaneció callada. Intuía que lo peor estaba por llegar.
—Cuentan, pero no es seguro que sea verdad al cien por cien —confesó Juan—, que se llevó la tierra del primer entierro y cubrió todo el cuerpo con ella en mitad de su salón. Imagínate —le sugirió, abarcando con los brazos el comedor donde se encontraban—, tener un bulto de tierra enorme. Aquí mismo, pero en el segundo, un piso por encima.
Le recorrió un escalofrío con solo pensarlo.
—Creía que la tierra le podía devolver la vida.
—Como esas historias donde entierran a alguien y vuelve distinto...
—Pues en el caso de Jesús… no lo hizo. Hicieron falta tres hombres para separarla de la tierra y seis más para llevarse el cadáver.
Mari miró hacia la galería, la maceta seguía allí.
—Entonces, ¿la tierra no tenía propiedades mágicas?
—Lo dudo mucho. Si acaso las tenía, se acabaron con Jesús: en esa zona del cementerio municipal no crece absolutamente nada.
—Tierra agotada.
—¿Y eso qué es?
—Eso lo decía mi abuela —aclaró Mari—. Yo también sé de supersticiones y botánica. Mi abuela decía que la tierra también se agota y que cuando lo hace, es imposible que crezca nada en ella.
—¿Y que se muera también? —la pinchó Juan.
—¿Cuánto aguantarías tú sin comida? Una tierra agotada es como una despensa vacía.
Juan no replicó y ambos se quedaron largo rato mirando la maceta.
—Podrías matar a alguien con esa tierra.
Mari lo fulminó con la mirada.
—Hipotéticamente —se justificó.
—¿Solo con una maceta? Como mucho podría amputar un pie o una mano…
—O una cabeza…
—No me des ideas.
Al rato lo miró intensamente y le preguntó:
—¿Crees que aún guarda más en su casa?
Dime, ¿qué harías tú con una maceta con tierra maldita?
Gracias por leerme. No olvides dejarme tu respuesta en los comentarios y compartir el post si crees que a alguien más puede interesarle :)
Mirian.



Que encantadora forma de escribir. Muy entretenida la historia y me encanta como te lleva a lugares conocidos.
Madre mía , definitivamente no quiero que me entierren 😁 me encanta Niki ,me dejaste sin aire